El juicio mediático antes que la Justicia 

En la sociedad actual parece haberse instalado una peligrosa costumbre: primero se condena públicamente y después, si queda tiempo, actúa la Justicia. El caso Conexión Ganadera es probablemente el ejemplo más evidente de ese fenómeno. Y dentro de esa lógica, Gustavo Basso pasó rápidamente de empresario reconocido a villano absoluto de una historia que todavía está lejos de ser esclarecida por completo.

La reciente nota de La Diaria sobre el sacerdote denunciado por presunto lavado de activos vuelve a poner sobre la mesa un problema cada vez más frecuente: la construcción mediática de culpabilidades antes de que existan sentencias, pruebas concluyentes o siquiera procesos terminados. El artículo presenta declaraciones, hipótesis y vinculaciones bajo una narrativa que parece orientada a reforzar una idea ya instalada socialmente: que todo aquel que haya orbitado alrededor de Basso necesariamente formó parte de una estructura criminal.

Y ahí es donde conviene detenerse. Porque una cosa es investigar, informar y exponer hechos relevantes. Otra muy distinta es transformar sospechas en condenas morales permanentes. El periodismo tiene derecho —y obligación— de investigar. Pero también tiene la responsabilidad de no actuar como fiscal, juez y tribunal al mismo tiempo.

En el caso concreto del sacerdote mencionado en la nota, el enfoque parece menos orientado a comprender qué ocurrió realmente y más dirigido a encajar cada elemento dentro de un relato previamente definido. Si una persona invirtió, tenía relación comercial o cercanía con Gustavo Basso, automáticamente pasa a estar bajo sospecha pública. Poco importa si esa persona perdió dinero, si existen contratos reales, si hay documentación o si todavía no se probó ninguna conducta ilícita. La condena social llega antes que cualquier resolución judicial.

Ese mecanismo no sólo afecta a los denunciados. También deteriora algo mucho más importante: la calidad institucional de un país.

Porque cuando los medios comienzan a operar bajo la lógica del “algo habrán hecho”, el principio de inocencia deja de ser un derecho y pasa a convertirse en una formalidad decorativa. Y eso es especialmente delicado en causas de enorme sensibilidad pública, donde existe presión social, política y emocional.

Nada de esto implica negar que puedan haber existido irregularidades graves en Conexión Ganadera. Sería absurdo. La situación financiera, el impacto sobre cientos de inversores y las múltiples investigaciones abiertas justifican plenamente el interés periodístico y judicial. Pero precisamente por la magnitud del caso, el tratamiento debería ser todavía más riguroso y menos emocional.

Hay una diferencia enorme entre investigar responsabilidades y construir enemigos públicos.

Durante años, Gustavo Basso fue presentado en ámbitos empresariales y rurales como un hombre exitoso, influyente y respetado. Muchos inversores confiaron en él no por ingenuidad colectiva, sino porque el negocio funcionó durante mucho tiempo, pagó durante años y tenía una estructura visible. Reducir toda la historia a una caricatura simplista puede servir para titulares rápidos, pero difícilmente ayude a entender qué pasó realmente.

En varios tramos de la cobertura mediática parece existir una necesidad permanente de reafirmar la culpabilidad absoluta de Basso incluso después de muerto, como si cualquier matiz o complejidad debilitara automáticamente el relato dominante. Y sin embargo, las grandes crisis financieras rara vez son lineales. Las fronteras entre mala gestión, desesperación financiera, intentos de sostener una estructura o conductas directamente delictivas suelen ser mucho más complejas de lo que ciertas crónicas permiten ver.

La Justicia debería tener precisamente esa tarea: separar responsabilidades reales de interpretaciones interesadas, analizar pruebas concretas y determinar hechos, no emociones.

Pero para eso también hace falta un ecosistema mediático dispuesto a informar sin militar una condena previa.

El periodismo cumple una función fundamental en democracia cuando investiga al poder. La pierde cuando reemplaza el análisis por el linchamiento moral. Porque una vez que la sociedad decide quién es culpable antes que los jueces, el proceso deja de ser una búsqueda de verdad y pasa a convertirse en una puesta en escena para confirmar lo que ya se instaló públicamente.

Y eso, además de injusto, es peligroso.

 

Capítulo 2.2 >